Please don’t let what was get in the way of whats next. Don’t forget that whats to come hasn’t come yet.
La primera vez que fui a Morrocoy. Pienso ahora que soy más grande, que desde niña me molestaba sentir la arena desparramada en mi piel pegostosa y el sol caliente hirviéndome la piel. Pero ese día me embadurné como una milanesa que se adhiere a la harina y el huevo o viceversa. Me di vueltas en la arena y me volví arena y me gustó como se sentía.
Era un Viernes en el que después de ir a renovar mi pasaporte, caminé por la Plaza Venezuela comiéndome unos Raquetis. Tomé el metro, llegué a la Plaza Altamira, fui al Kiosko Universe y compré gomitas ácidas. Comenzó a llover y entre mi paraguas, los pies empapados y las gomitas ácidas, llegué al CELARG y entré a ver Shortbus y luego salí de ahí preguntándome a mí mima un montón de temas sobre sexualidad y sexo.
Pese a mis esfuerzos por reconocer las especias verdes para cocinar, entre una y otra, y las huelo, y las pellizco y las pruebo y sigo confundida. En el supermercado ese día, trataba de escoger un ramo de albahaca, cosa que no es difícil porque amo la albahaca pero entre tanto verde y verde y verde pues no la conseguía y al voltearme casi desperate housewife y en busca de algún alma que brindase respuesta: baja como caído del cielo-techo un jipi hermosísimo con ojos claritos y mi boca se abre casi como movida por otros deseos y le pregunta cuál de todas es la albahaca, a lo que contesta el hermosín después de rebuscar entre las matas – ésta es la albahaca – y yo que lo miro como un ángel y le pregunto que si está seguro porque no quiero hacer una salsa para pasta con yerbabuena y él que se ríe y me dice – sí, de seguro y rechupete ésa es la albahaca. Y yo luego le digo gracias y me retiro con mi cara de tomate rojo y luego me lo encuentro de frente con los mangos y él en frente de mi y él que me mira y yo que le esquivo la mirada y su abuela que está cerquitica. Ay jipi, no te volví a ver, y eso que fui a la semana, a la misma hora.
El cumpleaños número 29 de Leo, creo que es ése el número pero no importa porque él igual se hace llamar viejo, igualitico que Xora que aunque le hicieron esa cirugía estética en la mandíbula le quitaron como diez años de encima, + unos seis kilos porque después de la cirugía no puede masticar nada sino hasta dentro de mil semanas… Las lucecitas apagadas, la mamá de Xora tocando y cantando el cumpleaños con la guitarra, las caras felices y todos cantando, la bellísima mamá de leo con sus rulos (tan bella mi gemela)… y luego Xora que le da un beso a Leo y feliz cumple, viejito.
Mamá haciendo la salsa para la pasta un Domingo al mediodía. Picando la albahaca, machucando el ajo, el aceitito de oliva (si es que hay), la pasta de tomate. Luego yo, metiendo cucharada en la olla y tomándome la salsa antes de que esté lista. Hmm, qué rico Vermicelli.
Colecciono un viejo que vi enflusado una tarde que caminaba yo del trabajo a la casa. Mirando en frente yo mientras caminaba, veía a la gente. De repente, veo la cara de un viejo y lo veo con una chaqueta beige y luego bajo la mirada y me doy cuenta que el tipo está vestido de forma muy elegante, enflusado el Don y miro sus pies y veo un líquido que brota de quién sabe dónde. El viejo estaba haciendo pipí frente al restaurante ese famoso, que se llama Don Corleone.
Hace unos meses, un Viernes que Oscar me llamó y me dijo que me llegara a la Plaza blablablá del centro. Me dijo: vente apenas salgas del trabajo, no te bañes, empieza a las 6.30. Y yo claro, yo, de terca, cabezona, no le hice caso. Fui a mi casa, me bañé, me vestí con mi overall de jean y me lancé a la aventura de saber dónde quedaba y cómo coño llegar a la plaza Consolación, que creo que era el nombre.
Tomé metro hasta Parque Carabobo (nadie sabía dónde quedaba la plaza). Salí de la estación y empecé a preguntar a los vendedores ambulantes, a los que veía cerca. Nadie sabía. Di unos pasos al frente y me acercaba al sonido que me regalaba la plaza donde estaba: un concierto a unos metros. Seguí caminando y divisé un montón de gente aglomerada frente a una cancha, ya era de noche y se veía todo muy bien alumbrado dentro. La música era bellísima y cuando me asomé entre las rejas de afuera de las gradas y de la cancha, era alguna orquesta municipal hermosísimo todo. Al rato que estoy embelezada y después de olvidarme si era la música que estaría escuchando Oscar, el tipo me llamó. Me preguntó que dónde estaba y yo feliz, porque estaba en el lugar que sin importarme era el correcto, yo lo estaba disfrutando. Me dijo -sal de ahí, esa plaza no es, estás lejísimos- Total que seguí caminando, pasé la Urdaneta, tomé bus pa’ Capitolio y el tráfico un Viernes en la noche en Caracas, nojoda, hermano, ni te cuento mejor. Se hacía tarde y el concierto de la plaza correcta se acababa. Me bajé en una plaza porque el conductor me dijo que era ésa la que yo estaba buscando. Lo que vi, fueron unos patineteros echándole rueda a la plaza y nada de música, nada. Le pregunté a unas viejas que estaban sentadas en un banquito de la esquina y me dijeron que tenía que caminar pa’ bajo un par de cuadras más. Así hice, encontré la plaza y ya el evento se había terminado. Había que bajar unas escaleras, se escuchaba una salsa bien brava y se veía desde arriba parejas bailando pa’ allá y pa’ acá. Bajé y fui feliz de nuevo. Vi a Oscar, animadísimo viendo a la gente bailando, así como estaba yo. Viejo con vieja, vaso de plástico y birra bien barata, popular en mano. Oscar con su morral de mochilero y sus dreadlocks amarillos y nada, yo con mi overall, parados viendo todo y bebiendo. Digo bebiendo, porque como era popular todo, habían par de tipos, anfitriones que cargaban una botella de aguardiente y le ofrecían a la gente que iba llegando. Qué gozar. Esa noche, me tocó bailar con un montón de viejos ahí en la plaza. Qué gozadera, caballero. Hubo un tipo que nos vio a mi y a Oscar, de arriba pa’ abajo y le preguntó a mi amigo: Mira y uds ¿De qué país vienen? ¿Noruega? Y Oscar lo ve y se le caga de la risa en la cara y le dice: venimos de Maracaibo, compa’. Qué buen momento.
Hmm, si un momento es sólo el momento. ¿De cuántos minutos debería ser un momento? Un momento dura sólo un momento y ya, es obvio, pero cuánto tiempo tiene que pasar para que se llame “momento”. Sin tantas complicaciones, yo colecciono la semana o casi toda la semana, mejor dicho en la que después de reencontrarme con mamá, pudimos darnos unas vacaciones en la vida como nunca. Gracias a un noviecito de ella. Vacaciones, sí señor, en una hacienda de Mérida. Bellísimo todo. Cabaña grande con estufa, camas reconfortables con colchones cocidos por Morfeo, almohadas emplumadas, las paredes de bahareque, ventana con vista verde + verde + verde + conejitos blancos + conejitos marrones + conejitos negros + brisita sabrosa y frío y neblina + levantarse y desayunar como los dioses andinos con respectiva arepa andina y nata. Inolvidables momentos largos que se acabaron porque los momentos duran eso, sólo un momento y Nothing last forever…
Me siento en el suelo del balcón a relajarme. Veo la gente pasar, los chinos pasar, el terreno de enfrente hecho polvo porque la casita la derrumbaron hace unos meses. Miro el único árbol que queda. Escucho los pajaritos, el heladero a unos metros más atrás, luego veo pasar al que probablemente sea un haitiano con el carrito de EFE. Respiro y entonces sin hacer mucho esfuerzo todos los ruidos de mi cuadra se unen: las alarmas del Centro Comercial detrás de mi edificio, las cornetas porque se acaba de formar tráfico (el camión de basura está pasando y ya no huele a pajaritos ni a árbol frondoso), el morenazo que pasa con la cubeta gritando “mira, la cachapa con miniqueso”, retumban los bajos de algún carro y se avecina lo que puede ser cualquier pandemonium musical, los perros ladrando, “el queso, cachapa, miniqueso, telita”, la patineta corriendo a millón, los gritos de los niños del edificio de al lado jugando en el patio… Suspiro y pienso: Caracas, cómo me gusta mi ciudad.
El chocolate suizo que aunque lo hacen con chocolate venezolano, sin caer en tanta discusión: sabe mejor. Chico, ¿será la leche que usan esos suizos? ¿Serán las vacas? porque si usan nuestro chocolate, ¿por qué les queda mejor?.
El olor de los pasillos “fumadores” del hotel. Supervisar la habitación antes de que el huésped llegue. Él, encontrará todo como nuevo. Limpio. Toallas blancas y limpias. Amenidades en el lavamanos. Pantuflas y bolsa de lavandería dentro del closet. Cama recién hecha y siete almohadones. Sábanas limpias de más de tres mil hilos. El limpia zapatos en la perchera. La tv en el mismo canal de siempre, con el mismo mensaje de siempre: Welcome to our… Enjoy your stay with us… El mismo olor a muebles de madera. Sin importar quién estuvo antes que él, ni qué sucedió en la habitación antes de que él llegara.