Alejemos las abejas, mordiéndonos la lengua


No me mires como a una puta

-No me mires como a una puta-, fue lo último que te dije.

Yo llevaba puesta una mini falda negra y una blusa blanca con puntitos de colores y mis Converse marrones a cuadros, demasiado indie. Te vi que arrancabas con tu carro, tu Ford Fiesta azul, tu carro siempre sucio y lleno de facturas, de latas de cerveza, de botellas de ron Cacique, de un cepillo dental olvidado, de dos o tres vasos de vidrio que te trajiste de alguna fiesta, de lo que queda de uno de tus instrumentos musicales, de hojas de periódico Primera Hora, de tu libreta del banco, de billetes arrugados, de alguna chaqueta que alguien dejó olvidada, de arena. Tu calva, vi tu calva, vi tu barba crecida y crecida. No vi bien tu panza de cervecero, pero sabía que allí estaba.

Me dijiste que tú sí viste mi belleza, que la viste siempre, desde esa mañana en la que tú sabes que dormí contigo. La mañana en que vi tu cara, y tus ojos de vaca y tu calva y tu panza, no tu barba tan crecida como está ahora. Dices que la cortas cada seis meses. Dices que sabíamos que esto acabaría, que tampoco tuvimos mucho, que la pasamos bien mientras la pasamos. Que te bese, un último beso y yo lo que alcanzo a pronunciar es un: no me veas como a una puta.

Y es que el día  en que te conocí en ese jardín, era de noche y yo estaba bebiendo y veía a la gente pasar y conversar y tú te acercaste a mí, porque viste mis rulos anaranjados, porque viste mi vestido negro de flores rojas; el que compré en la tiendita de los árabes, porque antes, le preguntaste a tu amigo con quien llegué a ese jardín, si yo estaba sola. Me preguntaste cosas, me buscaste conversación, flirteaste, coqueteaste, me hablaste, te interesaste en mi vida, me emborrachaste.

Y ya luego, el bonito vestido negro le faltó la cinta del hombro izquierdo y ya luego amaneció y salió el sol y era espléndido porque era sábado y allí estabas  a mi lado; tus ojos, tu calva maldita, tu puta panza. Allí estabamos en la cama Queen size de tu padre, envueltos en las sábanas limpias que lavó la mucama de tu casa, acurrucados mientras el aire acondicionado nos congelaba apropósito. Un ventanal inmenso con vista a tu jardín, al jardín donde la noche anterior nos habíamos emborrachado, frente al pequeño parque Fisher Price para tus sobrinitos. En frente, un televisor grande, pantalla plana marca Samsung y un dvd de lujo que dices que te dañé viendo pornos. Esa habitación con ese vestier para caballero y esa colección de zapatos de tu padre y esa ducha donde nos bañamos muchas veces, y la cual muchas veces hice pipí sin que supieras.

Me dijeron que eres artista, y como artista tú lo que buscas es inspiración y eso es natural. Que eres músico y que andas  obsesionado con un amor tan perfecto que se viste de imaginario. Yo les creo, caballero.

Hay papilas gustativas, hay todo tipo de gustos, yo cato helado, hay helados cremosos y lo noto. Cielos azules despejados de Domingos en la tarde, hay pizzas recién horneadas, Lars von Trier y días en que quisimos ser Idiotas. Hay  desayunos en la cama, hay gemidos, hay fotografías, hay ron con refresco de manzanita, hay Blackjack y croupier que pide carta en 16 y se planta con 17, hay casinos, tu brisa en mi cara, tu mano en mi cabello, hay silencios.

No hay nostalgia, hay un devuélveme mi violín; no hay rencor, hay un gracias por molarme, gracias por dejarme, encarrilarme.

Es cierto que cada artista debe buscar su propia inspiración, así que no me mires como una puta, no ronques más por favor, Espiritrompa. No roncarás más en mi cabeza, Tilonorrinco.

— 2 years ago