Alejemos las abejas, mordiéndonos la lengua


Salas de Espera

Salas de espera. Clínicas u hospitales. Butacas alineadas, butacas color ocre ladrillo. Piso de granito brillante recién pulido. Gente que espera. Sala donde la gente espera. Gente y tv. Tom y Jerry en tv a las 13.50. Niño que llora. Niño que pide caramelo. Niño y berrinche. Revistas. Revistas de inmuebles. Vanidades. Periódico de hoy, periódico de ayer. Periódico Primera Hora. Breves noticias. Revista de belleza. Viejo que ocupa dos butacas. Usa camisa a cuadros, tiene canas, ve los cómics con su reloj Omega a lo George Cloony y su par de zapatos marca Tripilín pulidos por algún niño en alguna plaza del centro de mi ciudad. Teléfono que chilla. Niños que corren sobre el piso brillante. La sala muy bien iluminada. Panorámica. Vista al Ávila. Día lluvioso pero no tanto. Ciudad. Muchos espacios chics en el Este de la ciudad, en ésta la clínica chic. Pierna que se duerme, mano que escribe. Pareja detrás de mí hablando de la ropa bella que hay en Bahía’s. Una vieja que se sienta. Esta vieja trae puestos unos suecos negros y de terciopelo, una camisa floreada pero en blanco y negro,  pantalón negro, sus cabellos son de oro, un turbo secado de la peluquería frente a su casa, lentes de pasta roja, celular rosado Sony Ericson última tecnología. –Julio no contesta, dice. La tipa a su lado se come las uñas, es la madre del niño que pedía a gritos el caramelito. Al lado de la que se come las uñas está su marido. Alto, piel oscura, barriga de cervecero, camisa naranja Halloween, jeans desgastados comprados con ese propósito, sus carajitos rompen con el silencio en esta, la salita de espera. Cartoon Networks en la tv. –Ese niño necesita un Psicólogo, alguien dice. –Es esa manera de llorar. Los electrodomésticos rotos se pegarán solos y la ropa se lavará a sí misma en el 2015. Dos muertos en Nicaragua por violencia post electoral. The foolish table. The ham that couldn’t be cured. Alerta en Ecuador y Colombia por actividad en cuatro volcanes. La mujer de al lado se pinta los labios. La vieja con los suecos de terciopelo habla en su celular rosado de última tecnología y se rasca una teta y luego hace movimientos con sus manos. Sobre sus muslos reposa un libro: Memorias de un venezolano de la decadencia. Ella está cansada, se llama Rosa. Rosa dice que le pica todo, que por eso está aquí. Mi pierna dormida, dormidita. Me asombran los peinados de las viejas encopetadas, esos que no se mueven ni con un tornado, de tanta laca que le echan a esas melenas, melenas casi calvas. Esto lo digo porque acabo de ver pasar a una vieja pero seguro a esa no es que le pique todo, seguro es que le molesta una pierna y está muy pálida debajo de ese pasticho de maquillaje y ese conjunto sesentero color salmón y tacones marrones.

Hace frío en esta sala de espera pero me gusta como se ve la Cota Mil desde aquí, me gusta esa montaña y esas nubes cargadas de agua sobre ella. No me gusta cuando la gente habla por celular en espacios cerrados, digo, esto tiene un ventanal, pero no entra el viento, no se respira la lluvia que cayó hace rato. No me gusta esta ciudad cuando llueve. Es un cáos. Me gusta la lluvia pero aquí es un desastre. Hay muchas viejas con peinados de laca aquí. Me preguntó si yo terminaré así. Scooby Doo. Gracias por no fumar. Vía de escape. Folletos en el piso. Esta gente y sus murmullos. Conductos de ventilación. No estoy inventariando. No es un inventario, es una escena. Una espera. Hallaron zarcillo en Jerusalén de los tiempos de Jesucristo. Dos butacas a mi izquierda está sentada la esposa del señor de camisa a cuadros, el del rolex y los zapatos recién pulidos por algún niño, ella está leyendo Parlami d’amore. Debe ser que el tipo no lo hace, ella quiere que le hablen de amor. La niña de la esquina se está haciendo pipí.

— 2 years ago